La Ventanita de Tucho
Eduardo Velásquez García
“¡Limpiar la maldad del corazón…!”A mi correo llegó esta historieta, a través de un buen amigo radicado en la ciudad de Guayaquil, me propuse compartirla con usted amable lector; es cierto, está engendrada en una fábula antigua, más sin embargo, “embotella” una realidad vigente; el autor es el religioso cuencano Paulino Toral Vélez, perteneciente a la Sociedad de Jesucristo Sacerdote y ordenado de clérigo en Murcia España en 1973; actualmente, asesor en la iglesia Santa Teresita del Niño Jesús, ciudadela “Entre Ríos” vía a Samborondón; un cura, vinculado a la obra social.
El relato del episodio en mención, dice así: “El viejo Akiba, era sumamente pobre. Su casa teína una chimenea. Una noche tuvo un sueño, en un país muy lejano existía un castillo y el castillo tenía un puente, bajo el puente había un tesoro escondido; un tesoro tan fabuloso que si él lo poseyera resolvería todos los problemas de su vida. Apenas despertó, se puso en camino hacia ese desconocido país; al cabo de unos días encontró el castillo con el puente de sus sueños; en un descuido del guardia, Akiba se metió bajo el puente y se puso a cavar, buscando su anhelado tesoro. Estaba enfrascado en la excavación y de pronto, oyó un fuerte grito ¡Eh, tú, viejo! ¿Qué haces allí, qué buscas? Akiba no tuvo más que contarle al guardia su sueño. Cuando el guardia oyó el relato, echó una estridente carcajada, y dijo: ¡Qué ingenuo! ¿Tú crees en los sueños? Yo soy más realista que tú; yo no creo en los sueños; esta misma noche he soñado que en un lejano país hay un tal Akiba, que tiene una chimenea en su casa, bajo la cual hay escondido un tesoro y aquí estoy en mi trabajo diario, yo no vivo de sueños, sino de mi trabajo. Akiba oyó el relato del guardia lleno de asombro: el desconocido Akiba del sueño era él… Inmediatamente, a toda prisa volvió a su casa… Allí, justo bajo la chimenea, encontró un fabuloso entierro de monedas de oro y joyas preciosas”.
Moraleja, muchas veces pasamos dificultades, buscando la felicidad; en Navidad, las calles se llenan de gente, caminan exaltadas de un centro comercial a otro, “escudriñando” algo con qué hacer felices a familiares y amigos; cuando eso que tanto buscamos, está dentro de nuestro propio corazón. “La felicidad no depende de ¡algo! sino de ¡alguien!”; también nos plantea esta interrogante: “¿Por qué empeñarme en dar sólo en navidad la migaja de alegría de un regalo material, cuando yo soy capaz de dar torrentes preciosos de regalos espirituales, con el simple hecho de limpiar para siempre mi corazón de toda maldad?”… Que Dios derrame bendiciones sobre nosotros…y que la paz “gobierne” en nuestros corazones…
No hay comentarios:
Publicar un comentario